Este cuento tiene una protagonista muy pequeño y sencillo: una moneda. Sí, sí, una simple moneda de cobre. Pero aunque una moneda -y más si es de cobre- os parezca insignificante, no lo es en absoluto. Imaginad la cantidad de sitios y lugares que recorre una moneda. La mucha gente que conoce y la multitud de historias que podría contar.
En fin, el caso es que la moneda de nuestro relato llevaba ya muchos años recorriendo el país donde había sido acuñada, y pasando de mano en mano...
-¿Hay que ver cuánta gente interesante he conocido yendo de monedero en monedero!¡Y la de cosas que se les ha ocurrido comprar conmigo!-se decía la moneda, muy feliz ella, pues aquella vida llena de movimiento le gustaba muchísimo.
Pero ocurrió que un día, sin saber cómo, llegó hasta el extranjero. Y cuando el hombre que la llevaba quiso pagar unas compras con ella, le dijeron:
-¡Esta moneda no vale!¡Es falsa!
-¡Falsa yo!¡Que injusticia!-pensó la moneda, toda ofendida-.
¡Acusarme de esa forma sólo porque soy de otro lugar y aquí no me conocen!
Desde entonces, todo cambió para ella. Nadie la quería: y si alguien conseguía colocársela a otro, se moría de vergüenza como si hubiese sido ella la estafadora.
-¡Ni los niños me quieren ahora!-se repetía la moneda, cada vez más apenada-.¡Con las caras de felicidad que ponían cuando alguien me ponía sobre sus manitas!
Y en esta triste situación vivió, hasta que un día oyó que la recibían con una alegre exclamación:
-¡Que sorpresa!¡Una moneda de mi país!
El que hablaba era una joven emigrante, que envolvió la moneda en un papel de seda, para evitar darla por equivocación. Para él aquella moneda era como un trozo de tierra. La guardó celosamente cerca de su corazón y la llevó con él a todas partes como si fuese un amuleto de gran valor.
Y ni que decir tiene que, al sentirse tan maravillosamente tratada, la moneda volvió a ser muy feliz.
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