miércoles, 15 de febrero de 2012

Las Campanadas Del Reloj

En la plaza del pueblo, mirando el reloj del Ayuntamiento, le pregunta Miguel a su amigo Ángel:
-¿Tú sabes que hora es cuando el reloj da seis campanadas?
-¡Pues claro que lo sé: son las seis en punto!
-¿Y cuando da las diez campanadas?
-Pues las diez en punto; valla una pregunta
-¿Y cuando da las trece campanadas?
Ángel se queda un momento pensativo; luego contesta
-Te has pasado de listo porque esa hora no existe
-¡Claro que existe bobo! -exclama Miguel
-¿Ah, sí?¿Y que hora es?
-Pues es.....     ¡La hora de llevarlo a arreglar!

La Merienda Del Ratón

Una vez un ratón salió de su casa, que estaba debajo de una gran alfombra, y se metió sin saberlo en la cesta de un gato. El gato estaba de paseo, pero al volver exclamó:
-¡Qué bien, ya tengo merienda!
Y de un bocado se zampò al ratón.
Al gato le entró sueño y sin darse cuenta se echó a dormir en la caseta del perro. El perro había ido de caza, pero al volver exclamó:
-¡Qué bien, ya tengo la merienda!
Y de un bocado se zampó al gato.
El perro se fue de paseo, pero como empezó a llover se refugió, sin darse cuenta, en la jaula del león. El león había salido para hacer un número de circo, pero al volver exclamó:
-¡Qué bien, ya tengo la merienda!
Y de un bocado se zampó al perro.
En la tripa del león, el perro no decía nada. En la tripa del perro, el gato no decía nada. Pero en la tripa del gato el ratón refunfuñaba.
No le gustaba estar metido dentro de tantas tripas.
-¡Todo el mundo a merendado menos yo! -decía-. ¡Menudo hambre tengo!
El ratón hizo cosquillas al gato. El gato se retorció de risa e hizo cosquillas al perro. El perro se retorció de risa e hizo cosquillas al león.
El león comenzó a reír, y a reír. Y como el león cuando se ríe abre la boca tanto como ruge, el perro se escapó por la boca abierta.
El perro siguió riendo y por su boca abierta se escapó el gato.
El gato siguió riendo y por su boca abierta se escapó el ratón.
Pero el ratón no reía. Seguía teniendo hambre. De pronto halló un buen pedazo de queso y exclamó:
-¡Qué bien, ya tengo merienda!
Y de un bocado se lo zampó.
Y, a fin de cuentas, fue el único que merendó.







martes, 14 de febrero de 2012

El Gato Y El Zorro

Cierto día, un gato que iba caminando, feliz y campenacho, se cruzó con un zorro.
-Buenos días, señor Raposo -saludó el gato muy correcto-.
¿Cómo está usted?
Pero el zorro se le quedó mirando de arriba abajo, como preguntándose si debía dignarse a respondera semejante criatura.
-¿Cómo osas dirigirme la palabra? -dijo por fin-.¡A mí, al gran Zorro, al animal más astuto del bosque!¡Todo el mundo me admira por mi inteligencia, y tú, un simple gato, te atreves a hablarme!¿Qué sabes hacer tú para poder compararte a mí?
-Pues verás -maulló el gato muy avergonzado -, yo sé trepar a los árboles.
-¿Y eso de que sirve? -preguntó el zorro.
Pero en ese instante se oyó a lo lejos el ruido atronador de una jauría de perros. El gato trepó a un árbol con toda rapidez, mientras que el zorro no tubo más remedio que echar a correr con todas sus fuerzas.
No obstante, mientras huía, aún escuchó la voz del gato que le gritaba desde el árbol
-Qué, señor astuto, ¿se ha enterado usted ya para lo que me sirve saber trepar?

lunes, 30 de enero de 2012

El Árbol Y La Florecilla

Una primavera nació, junto a un viejo árbol, una hermosa florecilla.
-¡Qué grande y fuerte eres! -le dijo la flor al árbol-. Y pareces tan viejo. Seguro que eres muy sabio.
Las palabras de la florecilla halagaron tanto al viejo árbol que éste decidió protegerla y ser su amigo. En verano , no dejó que el sol quemase a su pequeña amiga, dándole sombra con sus ramas.
Y cuando llovía, las apartaba para que las gotas de lluvia la mojasen y pudiese crecer sana y bella.
Pero un día se presentó el invierno, y la pequeña flor comenzó a tiritar.
-Tendrás que prepararte para pasar el invierno -le aconsejó el árbol.
-¿Pasar el invierno? -dijo la florecilla, tiritando de frío-. Creo que me voy a helar en un solo día.
-¡Vamos, no digas tonterías! -dijo el árbol.
Y mientras hablaba, dejó caer un montón de hojas de sus ramas, pues se estaba preparando para pasar el invierno. Luego le preguntó a su amiga:
-¿No tienes a caso un bulbo enterrado en la tierra?
La florecilla se sonrojó muchísimo, pues tener bulbo le parecía una cosa muy fea.
-Si...Y es un bulbo horriblemente gordo -le confesó a su amigo, sin poder mirarle.
-¡Pequeña presumida! -dijo el árbol, riendo de buena gana-.
¿Acaso no sabes para que sirve? Pues escóndete dentro de él y lo averiguarás.
La florecilla hizo lo que su amigo le decía y...¡Repámpanos!
¡Allí se estaba muy calentito! Tanto, que se quedó dormida. Y no despertó hasta que el sol de la primavera volvió a calentar la Tierra....
Cuando la florecilla brotó de nuevo, encontró a su amigo el árbol que, con sus ramas llenas de brotes, le daba la bienvenida y la sonreía feliz.

La Nubecilla

Había una vez una pequeña nube que estaba muy triste. Su gran deseo era poder regar la tierra, los árboles y las flores. Pero era casi tan pequeña como un pedazo de algodón.
-¡Aparta de nuestro camino, enana! -le gritaban las nubes grandotas-.¿No ves que tenemos que ir a regar aquellos bosques?
Ninguna nube quería juntarse con ella porque era demasiado pequeña, así que la nubecilla prosiguió su camino solitario. Estaba tan triste que comenzó a llorar. Y su primera lágrima fue a caer justamente sobre una flor.
Aquella flor era una amapola. Y estaba tan sedienta que miró al cielo llena de gratitud y sonrió a la pequeña nube.
Esa sonrisa llenó de orgullo a la nubecilla. Y la hizo comprender que algún día sería tan grande como las otras nubes y estaría llena de agua para derramarla sobre sus amigas las flores y las plantas.
Y desde entonces fue muy feliz.

domingo, 29 de enero de 2012

La Moneda

Este cuento tiene una protagonista muy pequeño y sencillo: una moneda. Sí, sí, una simple moneda de cobre. Pero aunque una moneda -y más si es de cobre- os parezca insignificante, no lo es en absoluto. Imaginad la cantidad de sitios y lugares que recorre una moneda. La mucha gente que conoce y la multitud de historias que podría contar.
En fin, el caso es que la moneda de nuestro relato llevaba ya muchos años recorriendo el país donde había sido acuñada, y pasando de mano en mano...
-¿Hay que ver cuánta gente interesante he conocido yendo de monedero en monedero!¡Y la de cosas que se les ha ocurrido comprar conmigo!-se decía la moneda, muy feliz ella, pues aquella vida llena de movimiento le gustaba muchísimo.
Pero ocurrió que un día, sin saber cómo, llegó hasta el extranjero. Y cuando el hombre que la llevaba quiso pagar unas compras con ella, le dijeron:
-¡Esta moneda no vale!¡Es falsa!
-¡Falsa yo!¡Que injusticia!-pensó la moneda, toda ofendida-.
¡Acusarme de esa forma sólo porque soy de otro lugar y aquí no me conocen!
Desde entonces, todo cambió para ella. Nadie la quería: y si alguien conseguía colocársela a otro, se moría de vergüenza como si hubiese sido ella la estafadora.
-¡Ni los niños me quieren ahora!-se repetía la moneda, cada vez más apenada-.¡Con las caras de felicidad que ponían cuando alguien me ponía sobre sus manitas!
Y en esta triste situación vivió, hasta que un día oyó que la recibían con una alegre exclamación:
-¡Que sorpresa!¡Una moneda de mi país!
El que hablaba era una joven emigrante, que envolvió la moneda en un papel de seda, para evitar darla por equivocación. Para él aquella moneda era como un trozo de tierra. La guardó celosamente cerca de su corazón y la llevó con él a todas partes como si fuese un amuleto de gran valor.
Y ni que decir tiene que, al sentirse tan maravillosamente tratada, la moneda volvió a ser muy feliz.