Una primavera nació, junto a un viejo árbol, una hermosa florecilla.
-¡Qué grande y fuerte eres! -le dijo la flor al árbol-. Y pareces tan viejo. Seguro que eres muy sabio.
Las palabras de la florecilla halagaron tanto al viejo árbol que éste decidió protegerla y ser su amigo. En verano , no dejó que el sol quemase a su pequeña amiga, dándole sombra con sus ramas.
Y cuando llovía, las apartaba para que las gotas de lluvia la mojasen y pudiese crecer sana y bella.
Pero un día se presentó el invierno, y la pequeña flor comenzó a tiritar.
-Tendrás que prepararte para pasar el invierno -le aconsejó el árbol.
-¿Pasar el invierno? -dijo la florecilla, tiritando de frío-. Creo que me voy a helar en un solo día.
-¡Vamos, no digas tonterías! -dijo el árbol.
Y mientras hablaba, dejó caer un montón de hojas de sus ramas, pues se estaba preparando para pasar el invierno. Luego le preguntó a su amiga:
-¿No tienes a caso un bulbo enterrado en la tierra?
La florecilla se sonrojó muchísimo, pues tener bulbo le parecía una cosa muy fea.
-Si...Y es un bulbo horriblemente gordo -le confesó a su amigo, sin poder mirarle.
-¡Pequeña presumida! -dijo el árbol, riendo de buena gana-.
¿Acaso no sabes para que sirve? Pues escóndete dentro de él y lo averiguarás.
La florecilla hizo lo que su amigo le decía y...¡Repámpanos!
¡Allí se estaba muy calentito! Tanto, que se quedó dormida. Y no despertó hasta que el sol de la primavera volvió a calentar la Tierra....
Cuando la florecilla brotó de nuevo, encontró a su amigo el árbol que, con sus ramas llenas de brotes, le daba la bienvenida y la sonreía feliz.
lunes, 30 de enero de 2012
La Nubecilla
Había una vez una pequeña nube que estaba muy triste. Su gran deseo era poder regar la tierra, los árboles y las flores. Pero era casi tan pequeña como un pedazo de algodón.
-¡Aparta de nuestro camino, enana! -le gritaban las nubes grandotas-.¿No ves que tenemos que ir a regar aquellos bosques?
Ninguna nube quería juntarse con ella porque era demasiado pequeña, así que la nubecilla prosiguió su camino solitario. Estaba tan triste que comenzó a llorar. Y su primera lágrima fue a caer justamente sobre una flor.
Aquella flor era una amapola. Y estaba tan sedienta que miró al cielo llena de gratitud y sonrió a la pequeña nube.
Esa sonrisa llenó de orgullo a la nubecilla. Y la hizo comprender que algún día sería tan grande como las otras nubes y estaría llena de agua para derramarla sobre sus amigas las flores y las plantas.
Y desde entonces fue muy feliz.
-¡Aparta de nuestro camino, enana! -le gritaban las nubes grandotas-.¿No ves que tenemos que ir a regar aquellos bosques?
Ninguna nube quería juntarse con ella porque era demasiado pequeña, así que la nubecilla prosiguió su camino solitario. Estaba tan triste que comenzó a llorar. Y su primera lágrima fue a caer justamente sobre una flor.
Aquella flor era una amapola. Y estaba tan sedienta que miró al cielo llena de gratitud y sonrió a la pequeña nube.
Esa sonrisa llenó de orgullo a la nubecilla. Y la hizo comprender que algún día sería tan grande como las otras nubes y estaría llena de agua para derramarla sobre sus amigas las flores y las plantas.
Y desde entonces fue muy feliz.
domingo, 29 de enero de 2012
La Moneda
Este cuento tiene una protagonista muy pequeño y sencillo: una moneda. Sí, sí, una simple moneda de cobre. Pero aunque una moneda -y más si es de cobre- os parezca insignificante, no lo es en absoluto. Imaginad la cantidad de sitios y lugares que recorre una moneda. La mucha gente que conoce y la multitud de historias que podría contar.
En fin, el caso es que la moneda de nuestro relato llevaba ya muchos años recorriendo el país donde había sido acuñada, y pasando de mano en mano...
-¿Hay que ver cuánta gente interesante he conocido yendo de monedero en monedero!¡Y la de cosas que se les ha ocurrido comprar conmigo!-se decía la moneda, muy feliz ella, pues aquella vida llena de movimiento le gustaba muchísimo.
Pero ocurrió que un día, sin saber cómo, llegó hasta el extranjero. Y cuando el hombre que la llevaba quiso pagar unas compras con ella, le dijeron:
-¡Esta moneda no vale!¡Es falsa!
-¡Falsa yo!¡Que injusticia!-pensó la moneda, toda ofendida-.
¡Acusarme de esa forma sólo porque soy de otro lugar y aquí no me conocen!
Desde entonces, todo cambió para ella. Nadie la quería: y si alguien conseguía colocársela a otro, se moría de vergüenza como si hubiese sido ella la estafadora.
-¡Ni los niños me quieren ahora!-se repetía la moneda, cada vez más apenada-.¡Con las caras de felicidad que ponían cuando alguien me ponía sobre sus manitas!
Y en esta triste situación vivió, hasta que un día oyó que la recibían con una alegre exclamación:
-¡Que sorpresa!¡Una moneda de mi país!
El que hablaba era una joven emigrante, que envolvió la moneda en un papel de seda, para evitar darla por equivocación. Para él aquella moneda era como un trozo de tierra. La guardó celosamente cerca de su corazón y la llevó con él a todas partes como si fuese un amuleto de gran valor.
Y ni que decir tiene que, al sentirse tan maravillosamente tratada, la moneda volvió a ser muy feliz.
En fin, el caso es que la moneda de nuestro relato llevaba ya muchos años recorriendo el país donde había sido acuñada, y pasando de mano en mano...
-¿Hay que ver cuánta gente interesante he conocido yendo de monedero en monedero!¡Y la de cosas que se les ha ocurrido comprar conmigo!-se decía la moneda, muy feliz ella, pues aquella vida llena de movimiento le gustaba muchísimo.
Pero ocurrió que un día, sin saber cómo, llegó hasta el extranjero. Y cuando el hombre que la llevaba quiso pagar unas compras con ella, le dijeron:
-¡Esta moneda no vale!¡Es falsa!
-¡Falsa yo!¡Que injusticia!-pensó la moneda, toda ofendida-.
¡Acusarme de esa forma sólo porque soy de otro lugar y aquí no me conocen!
Desde entonces, todo cambió para ella. Nadie la quería: y si alguien conseguía colocársela a otro, se moría de vergüenza como si hubiese sido ella la estafadora.
-¡Ni los niños me quieren ahora!-se repetía la moneda, cada vez más apenada-.¡Con las caras de felicidad que ponían cuando alguien me ponía sobre sus manitas!
Y en esta triste situación vivió, hasta que un día oyó que la recibían con una alegre exclamación:
-¡Que sorpresa!¡Una moneda de mi país!
El que hablaba era una joven emigrante, que envolvió la moneda en un papel de seda, para evitar darla por equivocación. Para él aquella moneda era como un trozo de tierra. La guardó celosamente cerca de su corazón y la llevó con él a todas partes como si fuese un amuleto de gran valor.
Y ni que decir tiene que, al sentirse tan maravillosamente tratada, la moneda volvió a ser muy feliz.
El Tiempo De La Vida
En los primeros días del mundo, Dios creó a los animales y fijó el tiempo que cada criatura viviría sobre la tierra.
Entonces ocurrió que el asno fue a ver al Señor y le preguntó:
-¿Cuánto tiempo, Señor, voy a vivir yo?
-Treinta años -dijo Dios-. ¿Te parece bien?
-¡Oh! ¡Son demasiados años! -dijo el asno
-¿Demasiados?¿Por qué son demasiados? -preguntó Dios
-Pues verás, Señor, mi vida es muy dura. Debo de transportar continuamente enormes cargas o tirar de carros muy pesados. Y muchas veces la única recompensa que obtengo es una tanda de golpes con la vara o el garrote. Treinta años así es demasiado. ¿No podrías restarme alguno?
El Señor se conmovió y le restó dieciocho años. El asno dijo que doce años de vida estaban muy bien y se fue contento. Entonces apareció el perro y Dios le preguntó:
-¿Cuantos años te gustaría vivir? El asno me ha dicho que treinta años eran demasiado para él, pero tú sin duda estarás contento con esa cantidad.
-Bueno, si ésa es la voluntad del Señor...-dijo el perro
-¿Es que no estás contento?
-Verás, Señor: Tú sabes lo mucho que me gusta correr. Mis patas no resistirán tanto tiempo. Y ya cuando no me quede voz para ladrar ni dientes para morder, ¿qué otra cosa podré hacer mas que ir de un rincón a otro, gruñendo todo el rato?
El Señor entendió que el perro tenía razón y le restó doce años. Al perro le pareció que dieciocho años de vida estaban muy bien y se fue todo contento. Entonces se presentó el mono.
-¿Tampoco a ti te gustaría vivir treinta años?-le preguntó Dios-.
Tú no tienes que trabajar como el asno ni el perro, y además tu siempre estás de buen humor.
-No creas, Señor-dijo el mono-,eso es sólo la apariencia. Siempre debo estar jugando y haciendo muecas para divertir a la gente, siempre tengo que hacerles reír. Pero muchas veces, cuando me voy a comer la manzana que me han echado resulta ser una manzana ácida. Bajo la máscara de alegría se esconde a veces una gran tristeza, Señor. Creo que no podría soportar vivir treinta años.
Dios comprendió sus razones y le rebajó diez años de vida. Al mono le parecieron bien veinte años y se fue contento. Entonces apareció el hombre y preguntó cuantos años tendría él de vida.
-Vivirás treinta años -dijo Dios-. ¿O te parecen demasiados?
-¡Me parecen muy pocos! -exclamó el hombre-. ¡No tendré tiempo de hacer casi nada!¿No podrías aumentar mis años de vida?
-Pues sí -dijo Dios-. Puedo darte los dieciocho años que le han sobrado al asno.
-¡Pero es que eso no es suficiente!-se lamentó el hombre
-¡Está bien -concedió Dios-. Te añadiré los doce años que le han sobrado al perro.
-Aún sigue siendo poco tiempo-insistió el hombre.
Entonces Dios, tras meditarlo un momento, le dijo:
-Como quieras. Te concederé también los diez años que le han sobrado al mono. Pero ya no puedo concederte ni un año más.
El hombre no quedó muy contento que digamos, pero no tuvo más remedio que conformarse.
Desde entonces, el hombre tiene una vida de setenta años.
Los treinta primeros, que son los suyos propios, pasan deprisa.
Durante esos años, el hombre vive generalmente bien, trabaja con ánimo y alegría y ama y disfruta de la existencia.
Después llegan los dieciocho años del asno de los cuales tiene que trabajar como un burro para alimentar a su familia, recibiendo muchas veces en pago nada más que ofensas e ingratitudes.
A continuación vienen los doce años del perro, a lo largo de los cuales, el hombre no hace mas que gruñir y gruñir por donde quiera que va, sin tener siquiera dientes para morder.
Por último, no le quedan más que los diez años del mono. En este tiempo, el hombre parece haber perdido la cabeza; se vuelve muy raro y hace a veces cosas muy extrañas que provocan la risa y la burla de los niños.
Entonces ocurrió que el asno fue a ver al Señor y le preguntó:
-¿Cuánto tiempo, Señor, voy a vivir yo?
-Treinta años -dijo Dios-. ¿Te parece bien?
-¡Oh! ¡Son demasiados años! -dijo el asno
-¿Demasiados?¿Por qué son demasiados? -preguntó Dios
-Pues verás, Señor, mi vida es muy dura. Debo de transportar continuamente enormes cargas o tirar de carros muy pesados. Y muchas veces la única recompensa que obtengo es una tanda de golpes con la vara o el garrote. Treinta años así es demasiado. ¿No podrías restarme alguno?
El Señor se conmovió y le restó dieciocho años. El asno dijo que doce años de vida estaban muy bien y se fue contento. Entonces apareció el perro y Dios le preguntó:
-¿Cuantos años te gustaría vivir? El asno me ha dicho que treinta años eran demasiado para él, pero tú sin duda estarás contento con esa cantidad.
-Bueno, si ésa es la voluntad del Señor...-dijo el perro
-¿Es que no estás contento?
-Verás, Señor: Tú sabes lo mucho que me gusta correr. Mis patas no resistirán tanto tiempo. Y ya cuando no me quede voz para ladrar ni dientes para morder, ¿qué otra cosa podré hacer mas que ir de un rincón a otro, gruñendo todo el rato?
El Señor entendió que el perro tenía razón y le restó doce años. Al perro le pareció que dieciocho años de vida estaban muy bien y se fue todo contento. Entonces se presentó el mono.
-¿Tampoco a ti te gustaría vivir treinta años?-le preguntó Dios-.
Tú no tienes que trabajar como el asno ni el perro, y además tu siempre estás de buen humor.
-No creas, Señor-dijo el mono-,eso es sólo la apariencia. Siempre debo estar jugando y haciendo muecas para divertir a la gente, siempre tengo que hacerles reír. Pero muchas veces, cuando me voy a comer la manzana que me han echado resulta ser una manzana ácida. Bajo la máscara de alegría se esconde a veces una gran tristeza, Señor. Creo que no podría soportar vivir treinta años.
Dios comprendió sus razones y le rebajó diez años de vida. Al mono le parecieron bien veinte años y se fue contento. Entonces apareció el hombre y preguntó cuantos años tendría él de vida.
-Vivirás treinta años -dijo Dios-. ¿O te parecen demasiados?
-¡Me parecen muy pocos! -exclamó el hombre-. ¡No tendré tiempo de hacer casi nada!¿No podrías aumentar mis años de vida?
-Pues sí -dijo Dios-. Puedo darte los dieciocho años que le han sobrado al asno.
-¡Pero es que eso no es suficiente!-se lamentó el hombre
-¡Está bien -concedió Dios-. Te añadiré los doce años que le han sobrado al perro.
-Aún sigue siendo poco tiempo-insistió el hombre.
Entonces Dios, tras meditarlo un momento, le dijo:
-Como quieras. Te concederé también los diez años que le han sobrado al mono. Pero ya no puedo concederte ni un año más.
El hombre no quedó muy contento que digamos, pero no tuvo más remedio que conformarse.
Desde entonces, el hombre tiene una vida de setenta años.
Los treinta primeros, que son los suyos propios, pasan deprisa.
Durante esos años, el hombre vive generalmente bien, trabaja con ánimo y alegría y ama y disfruta de la existencia.
Después llegan los dieciocho años del asno de los cuales tiene que trabajar como un burro para alimentar a su familia, recibiendo muchas veces en pago nada más que ofensas e ingratitudes.
A continuación vienen los doce años del perro, a lo largo de los cuales, el hombre no hace mas que gruñir y gruñir por donde quiera que va, sin tener siquiera dientes para morder.
Por último, no le quedan más que los diez años del mono. En este tiempo, el hombre parece haber perdido la cabeza; se vuelve muy raro y hace a veces cosas muy extrañas que provocan la risa y la burla de los niños.
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